lunes, 1 de noviembre de 2010

Palabras en el Homenaje al XXX aniversario de la exhumación de la Cruz Blanca en Jimena de la Frontera.

Esta mañana he participado en un sencillo acto que desde el PSOE de Jimena de la Frontera hemos organizado en conmemoración del XXX Aniversario de la exhumación que se realizó en la zona de la Cruz Blanca, donde se recuperaron los cuatro restos de tres hombres y una mujer de nuestro Pueblo. Han acudido un grupo nutrido de vecinos de Jimena, San Pablo, Tesorillo, Los Angeles, entre otros. Igualmente, con este acto hemos querido rendir un homenaje a casi un centenar de fusilados y represaliados durante la Guerra Civil y la posguerra en la dictadura de Franco, que todavía siguen en fosas o en lugares indeterminados, sin que ninguno de sus familiares les pueda llevar un ramo de flores o simplemente poder llorar sobre su lápida, por eso este gesto de hoy simboliza el recuerdo a estos cuatro represaliados y al resto que todavía claman luz sobre las sombras, voz sobre el silencio, y verdad y justicia que la historia y nuestro pueblo no deben ni pueden olvidar.

A mediados de diciembre de 1.979, siendo secretario general de la agrupación local José Jiménez Jiménez, el PSOE de Jimena de la Frontera tomó la decisión, con el beneplácito de los familiares, de iniciar los trámites judiciales y administrativos necesarios para proceder a la exhumación, después de casi 44 años, de los restos de las 4 personas asesinadas a la salida norte del pueblo, una fría y aciaga madrugada de noviembre de 1.936.

Desde siempre los más viejos del lugar conocían los hechos, el lugar de enterramiento, y las circunstancias que hicieron que, eso que unos llaman azar y otros destino, llevara a aquellos cuatro inocentes a situarse frente a un improvisado pelotón de fusilamiento. Nadie, en esos 43 años, osó hacer la más mínima referencia pública, comentario o crítica ante la posibilidad de sufrir represalia o de señalarse como “desafecto al régimen”.

Un acuerdo, unánime, tácito, secreto, y a la vez conocido por todos, hizo su efecto durante ese largo periodo.

He aquí una breve reseña histórica, recopilada de versiones orales de vecinos, familiares y coordinados por el compañero Manuel Mata Pacheco:
"El grueso de las tropas sublevadas y rebeldes no llega a Jimena de la Frontera hasta el 28 de septiembre de 1.936.  Hasta ese día, sólo algún escarceo bélico entre los más concienciados seguidores de la republica, especialmente afiliados de la CNT, y los sublevados asentados en los alrededores de Guadiaro y San Roque, daban fe de la revuelta militar. Reuniones en la sede del sindicato, algún tiroteo suelto, una empalizada aquí y allá, miradas extrañas, almas en vilo, y las soflamas radiofónicas de Queipo de Llano desde Sevilla, que, entre la incomprensión y el desasosiego, oían los jimenatos en los bares del pueblo.
Con la toma del poder local por parte de los golpistas, la cárcel, ubicada en los bajos del ayuntamiento, acogía cada día a más gente acusada de ser de izquierdas, republicana, revolucionaria, atea, sindicalista, huelguista…..
Entre esas personas retenidas, a las que durante el día se les obligaba a realizar diversos trabajos, se hallaban: Catalina Delgado Gavilán “La Bizcochera”, inculpada de haber participado en manifestaciones a favor de la Republica; Manuel León Pérez “Niní” al que el alcalde republicano Cristóbal Vera “Telar” y su comité, le había encomendado dirigir la construcción de barreras de contención para cuando llegaran los insurgentes; Francisco Vera Gallego, carbonero, hombre de monte, recio y difícil de doblegar ante las injusticias y los abusos, y Antonio Vallecillo Jiménez, no involucrado en nada, no comprometido con ninguna causa, ni a favor ni en contra de nadie, pero que, según decían, no cumplía como Dios manda con los preceptos de la santa Madre Iglesia.
Como decimos, a mediados de noviembre del 36, la Bandera “Zamacola” de la Falange, con el apoyo de soldados del Cuerpo de Regulares, en su mayoría magrebíes, se presentó en Jimena camino de La Sauceda. Una aldea de 40 chozas, cuyos habitantes malvivían del monte y del contrabando con Gibraltar, y que sufrió una represión brutal: no quedó un hombre vivo (sólo se salvaron los que tuvieron tiempo de huir), fueron despojados de todas sus pertenencias, sus humildes moradas arrasadas, las mujeres vejadas y los niños marcados para siempre.
Pero antes en Jimena y a modo de macabra advertencia de lo que vendría después, quisieron dejar huella de su paso.
Eligieron a cuatro personas, las antes mencionadas, de entre las recluidas en la cárcel y trasladadas a pie hasta la zona conocida hoy como Cruz Blanca, fueron fusiladas y rematadas a pie de carretera.
Sus cuerpos quedaron allí, abandonados como prueba irrefutable de la ignominia y de la vergüenza colectiva que arrastraría este país durante 40 años.
A mediados de enero de 1.980, una bruñida mañana de sábado, con la presencia de algunas personas venidas de los pueblos cercanos, descubrimos los restos.
No fue necesario excavar mucho. A menos de un metro aparecieron una alpargata, una cadenita de oro, huesos y calaveras, que ahora recibirían el reposo eterno que todos merecemos. Se utilizó un único ataúd que, a hombros de afiliados del PSOE y de la UGT, fue trasladado hasta el cementerio situado en el interior del recinto amurallado.
Es posible que entonces no tuviésemos plena conciencia de lo que hacíamos ni de su significado, de que con aquel gesto devolvíamos parte de la dignidad perdida a la especie humana, de que, de alguna manera, reivindicábamos sus nombres, rehabilitábamos sus vidas. De que iniciábamos aquello que más tarde se llamaría Recuperación de la Memoria Histórica. Es posible."

Una vez relatada la historia de aquel momento, no me queda otra cosa que reiterar el homenaje a todos aquellos que participaron en aquel acto que este año cumple 30 años, que en momentos en las que nuestra joven democracia no estaba todavía asentada y las libertades corrían un serio peligro (un año después fue la intentona golpista de Tejero), dieron muestras de arrojo, valentía y de que "ya había llegado el momento", pues en esos momentos tan complicados hubo personas del pueblo que con la única arma que tenían, LA LIBERTAD, consiguieron, iniciar la verdadera recuperación de nuestra historia más oscura, de nuestro pasado más cercano y sobre todo homenajear a cuatro personas que dieron su vida injustamente, como ejemplo de la ignominia que ocurrió en España en contra de la República legalmente constituida por la soberanía del pueblo a partir del 14 de abril de 1931.
Que estas flores que hemos depositado sobre esta tumba, también puedan representar a tantas personas que todavía descansan en cunetas o en fosas comunes.
No permitamos el olvido, y trabajemos para conseguir rehabilitar y recuperar la memoria y la historia de todas las personas que fueron represaliadas por la Guerra Civil y la dictadura de Franco. Estas personas fusiladas y represaliadas contituyen los primeros pilares donde se sustentan las libertades que disfrutamos en nuestro actual sistema democrático desde finales de los años 70 y principios de los 80.

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